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NOTICIAS DE VALERIA DE ECATEPEC Y EL ESTADO DE MEXICO

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS

Desde la ventana de un casucho viejo 
abierta en verano, cerrada en invierno 
por vidrios verdosos y plomos espesos, 
una salmantina de rubio cabello 
y ojos que parecen pedazos de cielo, 
mientas la costura mezcla con el rezo, 
ve todas las tardes pasar en silencio 
los seminaristas que van de paseo. 

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, 
marchan en dos filas pausados y austeros, 
sin más nota alegre sobre el traje negro 
que la beca roja que ciñe su cuello, 
y que por la espalda casi roza el suelo. 

Un seminarista, entre todos ellos, 
marcha siempre erguido, con aire resuelto. 
La negra sotana dibuja su cuerpo 
gallardo y airoso, flexible y esbelto. 
Él, solo a hurtadillas y con el recelo 
de que sus miradas observen los clérigos, 
desde que en la calle vislumbra a lo lejos 
a la salmantina de rubio cabello 
la mira muy fijo, con mirar intenso. 
Y siempre que pasa le deja el recuerdo 
de aquella mirada de sus ojos negros. 
Monótono y tardo va pasando el tiempo 
y muere el estío y el otoño luego, 
y vienen las tardes plomizas de invierno. 

Desde la ventana del casucho viejo 
siempre sola y triste; rezando y cosiendo 
una salmantina de rubio cabello 
ve todas las tardes pasar en silencio 
los seminaristas que van de paseo. 

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, 
su seminarista de los ojos negros; 
cada vez que pasa gallardo y esbelto, 
observa la niña que pide aquel cuerpo 
marciales arreos. 

Cuando en ella fija sus ojos abiertos 
con vivas y audaces miradas de fuego, 
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!, 
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! 
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! 
A la niña entonces se le oprime el pecho, 
la labor suspende y olvida los rezos, 
y ya vive sólo en su pensamiento 
el seminarista de los ojos negros. 

En una lluviosa mañana de inverno 
la niña que alegre saltaba del lecho, 
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; 
por la angosta calle pasaba un entierro. 

Un seminarista sin duda era el muerto; 
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, 
con la beca roja por cima cubierto, 
y sobre la beca, el bonete negro. 
Con sus voces roncas cantaban los clérigos 
los seminaristas iban en silencio 
siempre en dos filas hacia el cementerio 
como por las tardes al ir de paseo. 

La niña angustiada miraba el cortejo 
los conoce a todos a fuerza de verlos... 
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... 
el seminarista de los ojos negros. 

Corriendo los años, pasó mucho tiempo... 
y allá en la ventana del casucho viejo, 
una pobre anciana de blancos cabellos, 
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, 
mientras la costura mezcla con el rezo, 
ve todas las tardes pasar en silencio 
los seminaristas que van de paseo. 

La labor suspende, los mira, y al verlos 
sus ojos azules ya tristes y muertos 
vierten silenciosas lágrimas de hielo. 

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo 
del seminarista de los ojos negros...

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